Comunidad
Independencia: una tarea que todavía estamos escribiendo

Cada 9 de julio repetimos una escena conocida. Recordamos a los congresales reunidos en Tucumán, escuchamos hablar de libertad, cantamos el Himno y celebramos el nacimiento de una Nación independiente.
Pero cuando termina el acto, vale una pregunta incómoda.
¿De qué hablamos cuando hablamos de independencia?
En 1816 la respuesta parecía clara. Había que dejar de depender de una corona ubicada a miles de kilómetros. Había que tomar las decisiones desde este lado del océano. Había que construir un país propio.
Doscientos diez años después, la independencia ya no se juega contra un imperio extranjero. Se juega todos los días frente a desafíos mucho más complejos.
¿Es independiente un país que no logra sostener una política educativa durante décadas?
¿Es independiente una sociedad que depende de tecnologías que no produce, de conocimientos que no desarrolla o de recursos humanos que terminan emigrando?
¿Es independiente una comunidad que espera siempre que las soluciones lleguen desde otro lugar?
Quizás la independencia, hoy, tenga menos que ver con las fronteras y mucho más con la capacidad de decidir nuestro propio futuro.
Y esa reflexión también vale para Chascomús.
Porque muchas veces esperamos que el crecimiento venga desde Buenos Aires, desde La Plata o desde Nación. Esperamos una obra, un programa, una inversión, una decisión tomada lejos de acá.
Claro que los distintos niveles del Estado tienen responsabilidades que no pueden eludir. Pero también es cierto que ninguna ciudad se desarrolla únicamente por lo que otros hacen por ella.
Las ciudades que progresan son las que descubren qué pueden hacer con lo que tienen.
Y Chascomús tiene mucho.
Tiene una ubicación privilegiada.
Tiene instituciones centenarias.
Tiene escuelas, clubes, empresas, productores, artistas, emprendedores, científicos, docentes, un centro universitario y vecinos comprometidos.
Tiene talento.
Lo que muchas veces nos falta no son recursos.
Nos falta encontrarnos.
Nos cuesta construir proyectos comunes. Nos cuesta sostener acuerdos más allá de las diferencias. Nos cuesta pensar en un horizonte compartido.
La independencia también consiste en eso.
En dejar de depender de que alguien venga a resolver nuestros problemas y empezar a preguntarnos qué parte de la solución nos corresponde construir.
Una comunidad madura no espera únicamente respuestas. También genera iniciativas.
La verdadera independencia no elimina la necesidad del otro. Al contrario. Nos hace responsables frente al otro.
Nos obliga a cooperar, a dialogar, a planificar y a asumir compromisos.
Paradójicamente, nadie se vuelve más independiente aislándose. Las sociedades más libres son las que mejor trabajan en conjunto.
Tal vez por eso el Congreso de Tucumán no fue la obra de un solo héroe.
Fue una mesa. Una discusión.
Un acuerdo entre personas distintas que entendieron que había algo más importante que sus diferencias.
Quizás esa siga siendo la enseñanza más vigente del 9 de Julio. La independencia no es un punto de llegada. Es una construcción permanente.
Se expresa cuando una escuela forma ciudadanos críticos.
Cuando una empresa apuesta por innovar. Cuando un municipio planifica más allá de una gestión. Cuando una institución piensa en las próximas generaciones y no en la próxima elección.
Cuando un vecino deja de preguntarse "¿qué van a hacer?" para empezar a preguntarse "¿qué podemos hacer?".
Tal vez ahí empiece la verdadera independencia.
No solamente la de un país.
También la de una ciudad.
Y, sobre todo, la de una comunidad que decide escribir su propio futuro en lugar de esperar que alguien más lo escriba por ella.
Pepe Yezza Ross
CHASCOMUS FUTURA
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