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La esperanza también se construye

Pepe YezzaPepe Yezza29/10/2026
La esperanza también se construye

Hoy tuve la oportunidad de compartir una charla con jóvenes que están terminando la escuela secundaria en Chascomús. Fue en el marco del programa Coordenadas que lleva adelante la Municipalidad de Chascomús a través de COPRET.

La pregunta que nos convocaba era sencilla, pero enorme: ¿y después de la secundaria, qué?

Hablamos del futuro, del trabajo, de los estudios, de los proyectos propios. De las dudas que aparecen cuando se acerca el momento de empezar una nueva etapa. Y, aunque quizás no haya sido la palabra que más repetimos, hablamos de la esperanza.

Cuando uno les pregunta a los jóvenes qué quieren hacer con su futuro, no siempre encuentra respuestas claras. A veces hay ideas, otras veces incertidumbre. Algunos tienen un plan, otros están buscando el suyo y muchos todavía no saben por dónde empezar. Y está bien que así sea. No tenemos por qué tener toda la vida resuelta a los diecisiete o dieciocho años.

Pero hay algo que me parece importante transmitirles: no tener todas las respuestas no significa que no podamos empezar a construir nuestro camino.

La esperanza suele aparecer asociada a la expectativa de que algo bueno suceda. Esperamos una oportunidad, un trabajo, que aparezca una idea, que alguien nos convoque, que las cosas mejoren. Y, por supuesto, hay circunstancias que no dependen de nosotros. El contexto económico, las posibilidades de nuestras familias, el acceso a la educación y las oportunidades que una sociedad es capaz de generar condicionan los caminos de cada persona.

No todos partimos del mismo lugar ni tenemos las mismas posibilidades. Sería injusto desconocerlo.

Pero también creo que hay una parte de nuestro futuro sobre la que podemos empezar a trabajar. Y que, aun cuando no podamos controlar el resultado, sí podemos tomar algunas decisiones sobre cómo prepararnos para lo que viene.

La esperanza también se construye.

Se construye cuando nos animamos a explorar algo que todavía no conocemos. Cuando preguntamos cómo es un trabajo, qué se necesita para desarrollar una profesión o qué tenemos que aprender para llevar adelante una idea. Cuando nos acercamos a alguien que hace algo que nos interesa. Cuando descubrimos que una habilidad que tenemos puede ser útil para otra persona.

Se construye cuando dejamos de esperar que el camino aparezca completamente señalizado y empezamos a caminar para descubrirlo.

Y acá aparece una pregunta que me parece especialmente importante para esta época: ¿a qué le estamos dedicando nuestro tiempo?

Vivimos rodeados de pantallas. Podemos pasar horas mirando videos, recorriendo publicaciones, siguiendo las vidas de otras personas, consumiendo contenidos que se suceden uno detrás de otro. El scrolleo parece no terminar nunca. Siempre hay algo más para ver, alguien más a quien seguir, una nueva distracción que nos espera a un movimiento del dedo.

No se trata de demonizar la tecnología ni de pensar que todo tiempo de entretenimiento es tiempo perdido. Internet también es una enorme puerta al conocimiento, a la creatividad, a las relaciones y a nuevas oportunidades de trabajo.

La cuestión es otra: ¿cuánto de ese tiempo que dedicamos a mirar podríamos destinar a prepararnos para hacer?

¿Qué pasaría si cambiáramos algunas horas de scrolleo por horas de aprendizaje? Si en lugar de mirar diez videos más dedicáramos un rato a investigar una carrera, practicar una habilidad, aprender una herramienta digital, mejorar nuestra manera de comunicarnos o conocer cómo funciona un oficio. Si usáramos parte de ese tiempo para conversar con alguien que trabaja en aquello que nos interesa, para desarrollar una idea o para dar el primer paso de un proyecto.

No hace falta cambiar todo de un día para el otro. Ni convertir cada hora en una obligación productiva. Se trata, sencillamente, de empezar a decidir un poco más conscientemente qué hacemos con nuestro tiempo y cuánto de él invertimos en nuestro propio futuro.

Las oportunidades muchas veces llegan sin avisar. Y, aunque no siempre estemos preparados cuando aparecen, podemos trabajar para tener más herramientas cuando llegue ese momento.

Para eso, sugiero empezar por tres preguntas.

¿Qué me interesa?

No necesariamente aquello en lo que soy bueno hoy, ni lo que otros esperan de mí, ni lo que parece garantizarme un futuro seguro. ¿Qué cosas despiertan mi curiosidad? ¿Qué problemas me gustaría resolver? ¿Qué actividades hacen que me den ganas de aprender más?

¿Qué necesito saber?

Una vez que encuentro algo que me interesa, puedo empezar a investigar. Conocer una carrera, descubrir un oficio, explorar una actividad, conversar con alguien que ya recorre ese camino. Identificar qué habilidades tengo y cuáles necesito desarrollar. Entender que aprender no termina cuando salimos de la escuela y que hay muchas maneras de adquirir conocimientos.

¿A qué me comprometo?

Esta es, quizás, la pregunta más importante. Porque el interés puede quedar en una intención y el conocimiento puede convertirse en una acumulación de información que nunca ponemos en práctica. El compromiso aparece cuando decidimos hacer algo concreto.

Llamar a alguien para hacerle una consulta. Inscribirme en un curso. Dedicarle algunas horas semanales a aprender una herramienta. Visitar una institución. Empezar a desarrollar una idea. Darme treinta días para avanzar en algo que hasta ahora solamente imaginaba.

No necesito resolver toda mi vida. Necesito elegir un próximo paso.

Y hay algo más que me gusta de estas conversaciones con jóvenes: el futuro no consiste solamente en encontrar un lugar en el mundo del trabajo. También podemos prepararnos para crear nuevas oportunidades, transformar lo que nos rodea y construir el lugar donde queremos vivir.

Chascomús también necesita de sus jóvenes. De sus preguntas, de su creatividad, de sus conocimientos y de sus ganas de hacer. Necesita que puedan encontrar oportunidades acá, que se conecten con el mundo y que tengan la posibilidad de desarrollar sus proyectos sin sentir que, para crecer, necesariamente deben irse.

Para que eso ocurra, también tenemos responsabilidades los adultos, las instituciones educativas, las empresas y el Estado. No alcanza con decirles a los jóvenes que se preparen si no generamos espacios donde puedan aprender, trabajar, experimentar, equivocarse y desarrollar sus capacidades. La construcción de oportunidades es una tarea individual, pero también colectiva.

Quizás de eso se trate, en definitiva, la esperanza: de reconocer que no todo depende de nosotros, pero que tampoco todo está fuera de nuestro alcance.

No podemos saber exactamente cómo será el mundo dentro de diez años. No podemos garantizar que cada esfuerzo tenga su recompensa ni que cada proyecto salga como lo imaginamos. Pero podemos aprender, prepararnos, construir vínculos, desarrollar habilidades y dar pasos que amplíen nuestras posibilidades.

La esperanza no es una promesa de que todo va a salir bien. Es la convicción de que vale la pena hacer algo para que las cosas puedan ser mejores.

Y para quienes hoy están terminando la secundaria, quizás el desafío no sea descubrir de una vez y para siempre qué quieren hacer con sus vidas. Tal vez sea algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más importante: empezar a hacerse buenas preguntas, buscar respuestas y comprometerse con un primer paso.

Porque el futuro no llega solamente. También se prepara.

Y la esperanza, cuando se pone a trabajar, empieza a convertirse en camino.

Pepe Yezza





La Yapa

Si querés conocer más acerca de Coordenadas, acá dejo más información.

El Proyecto Coordenadas es una iniciativa de la provincia de Buenos Aires que articula la Dirección Provincial de Educación Secundaria y el Consejo Provincial de Educación y Trabajo (COPRET).

En este caso con la activa participación de la Municipalidad de Chascomús a través de la Dirección de Producción.

Objetivo

Orientar, formar y vincular a las y los estudiantes de 6to año de escuelas secundarias orientadas con el mundo del trabajo y los estudios superiores.

Trabajar en el marco del espacio curricular Trabajo y Ciudadanía.

Analizar el contexto socio-productivo local para que los jóvenes conozcan las oportunidades de estudio y empleo en su propia región.